El cine miente, sí, como un bellaco. Veinticuatro veces por segundo. Veinticinco, si rodamos en vídeo digital. O sea, que las nuevas tecnologías son aún más mentirosas. Desde la irrupción del hiperrealismo digital en los efectos especiales, ni te cuento.
Lo de Godard vale como frasecita ingeniosa, pero viniendo de un director bastante amigo de los zooms, eso es para darle una tercera bofetada. Pero esta vez con el anillo de sello bien puesto en el meñique. Porque darle la razón equivaldría a decir que Metrópolis no es cine. Que el Drácula de Tod Browning no es cine. Que Blade Runner no es cine. Que Ciudadano Kane, con todos sus trucos ópticos, no es cine. Que la mitad de la filmografía de Hitchcock (tan querido por sus compañeros de generación) no es cine. Que Blade Runner no es cine. Que Casablanca, rodada en Los Ángeles, y con una ratio de pifias e inexactitudes por metro cuadrado que haría reír a Dan Brown, no es cine.
¿Entonces, qué es cine para este palomo? Verán, amigos, cada cincuenta años más o menos, coincidiendo con algún avance técnico, salen un grupo de panolis que al grito de”hemos inventado la sopa de ajo”, defienden a muerrrrrrrrte una mínima intervención del cineasta. Lo hizo Dziga Vertov en
-Oye,
se me ha ocurrido la forma de ser más libres creativamente.
-¿Sí?
¿Cómo?
-¡Imponiéndonos
unas normas muy estrictas!
-Cielo
santo, Ragnar; es sencillamente brillante
-Lo
sé, Thorvald. Bésame.
Tócate
los cojones.
A ver: en todos estos movimientos encontramos obras maestras, pero de ahí a pontificar con quelo mío sí que es cine y lo demás es una caca de la vaca, pues mira, como que no. Porque el cine es y sigue siendo mentira. Y eso no es una opinión.
Tomemos, por ejemplo, uno de los cuadros más conocidos de René Magritte. El de la pipa; ahí lo tenéis. Aparentemente, nada raro. Una pipa marrón pintada de forma realista. Con su puntito naïf, quizá, pero nada más. Un momento. ¿Qué pone debajo? Ceci n’est pas une pipe. En la lengua de Cervantes, “Esto no es una pipa”. ¿Entonces qué es? ¿De qué va esto? Igual es una cosa de ésas del Principito, de boas abiertas y cerradas. Pues no; no va la cosa por ahí.
Lo que estáis viendo no es una pipa, en efecto, sino el cuadro de una pipa. La representación de una pipa real. Es más: a no ser que os vayáis hasta el museo donde tienen el cuadro, lo que veis es una foto del cuadro de una pipa. Qué coño: miráis, en la pantalla de un ordenador, o del móvil, la interpretación en código binario de la foto de un cuadro que representa una pipa que a lo mejor no es ni real porque Magritte pintó de memoria. El nivel de abstracción va subiendo por momentos, ¿eh?
Pues ahí está la madre del cordero. Por muy realista que te pongas, siempre habrá, como mínimo, una selección de la realidad. Poner la cámara aquí ya excluye todo lo demás. Está manipulando, al decidir “esto sí, esto no”. Por definición, estarás mintiendo. La batalla está perdida: el cine no puede ser la realidad. Si hasta la simpática foquita de “El mundo del silencio”, el documental de Cousteau, era en realidad tres animales distintos que además fueron palmando debido a lo duro del rodaje.
