Bueno,
amigos míos, se acerca el momento. Va a ser la noche de Halloween. ¿Cómo? Creo
que por ahí al fondo alguno se queja de que es una tradición importada. Que es
cosa de yanquis, y tal.
Bueno.
Vayamos por partes.
Antes de
decir eso, lo primero, empieza a pedir en tus noches de marcha DYC con Casera y
chupitos de Calisay; nada de cubatas con Coca-Cola ni de Jack Daniel’s.
Coherencia ante todo.
En segundo
lugar, la mayoría de los que me he topado que se quejan de eso preferirían
practicarle una felación al cadáver de Bin Laden (dondequiera que esté)
mientras se arrastran de rodillas sobre cristales rotos antes de ir al cine a
ver una película española.
Y como
tercera pata del taburete: no, no es una fiesta yanqui.
Momento
perfecto para un poco de historia.
Su origen
se remonta al Nos Galan-Gaeaf, la noche de las calendas de invierno, que
celebraban los celtas en Gales e Irlanda hace unos 4.000 años. En ese momento,
según dicen, la membrana que separa el mundo de los vivos y el de los muertos
se hace tan fina que los habitantes de uno y otro lado pueden atravesarla.
También es la noche de Samhain, Señor de los Muertos, a quien los druidas
hacían sacrificios (¿a que no os imagináis a Panoramix degollando gente sobre
un altar con su hoz de oro?). Para reclutar “voluntarios” se cuenta que iban de
casa en casa pidiendo un bebé o una virgen para ofrecérselos a Samhain; donde
recibían ofrenda colocaban un candil hecho con una calabaza. Donde no, marcaban
la puerta con un símbolo para que los demonios mataran a sus ocupantes. De este
macabro rito viene lo de “truco o trato”.
Otro
posible origen de la cucurbitácea iluminada es que funcionaban como
señalización vial, en plan “Peligro-Aquelarre”, para que nadie se adentrara en
los bosques en los que las brujas celebraban sus reuniones. Pero yo prefiero la
historia de Jack O’Lantern (Juanillo el del Candil, en una traducción muy
libre). Según unos, tan malo que al morir no le dejaban entrar ni en el
infierno; según otros, un pícaro borrachín que engañó al diablo con un pacto
para no ir al infierno a su muerte. Entonces, al no ser admitido en el cielo,
acudió al Averno suplicando que le dejasen aunque sea apalancarse en un sofá
Klippan de Ikea que tuvieran por allí. El demonio, que una vez fue ángel, al
fin y al cabo, se apiadó de él: le dio un carbón infernal para alumbrarse y lo
colocó en un nabo vaciado (ahórrense los chascarrillos, por favor) a modo de
candela. Así, además de luz, le da alimento en su constante vagar, ni vivo ni
muerto.
Tras el
triunfo del cristianismo sobre los cultos paganos anteriores en las Islas
Británicas, surgió la necesidad de poner una fiesta que hiciera la competencia
a Samhain. Como había mucho nombre que no estaba en el santoral (estaban
empezando), se sacaron de la manga el Día de Todos los Santos, celebrado la
jornada siguiente; al Nos Galan-Gaeaf lo llamaron entonces All Hallows Eve o
víspera de Todos los Santos. De la contracción de esta locución viene Hallowe’en
primero, y ya directamente, Halloween después. El sincretismo es lo que tiene.
Con la Gran Hambruna de la Patata entre 1845 y 1852,
causada por malas prácticas agrícolas y la aparición de un hongo, los
irlandeses tenían dos opciones: morirse de hambre (cosas del monocultivo) o
cruzar el charco para ser policías y bomberos en Boston y Nueva York. Con ellos
emigró también la tradición, pero como los nabos pequeños son más pequeños que
los irlandeses (en fin) se decidieron a utilizar calabazas.
Asturiano
como soy, me siento por mi origen delta perfectamente legitimado para celebrar
esta fecha. Y en última instancia, como friki con gafas aficionado al sine de
terrol y a los disfraces chungos, pues nada, que me echen un galdo.
Buenas
noches a todos.
