lunes, 14 de septiembre de 2009

ESTO NO ES UNA PELÍCULA


Jean Luc Godard dijo una vez que el cine es la realidad veinticuatro veces por segundo. Ese día deberían haberle cruzado la cara con un buen par de hostias.

Al margen de que, salvo un puñado de pelis estimables al principio de su carrera, y haber tenido la suerte de aterrizar en un tiempo y lugar que le permitió coincidir con gente como Chabrol o Truffaut, la obra posterior del gabacho este se mueve entre la pedantería irritante y el sopor que solo puede producir un albondigón de Valium tomado al lado de una estufa mientras ves un documental de ñúes y/o/u la vuelta ciclista a España, la frasecita de marras es una chorrada como un piano. Porque el cine miente. El cine es engaño, ilusión, oropel. Los Lumière no supieron ver eso, pero Méliés sí, y de ese modo nació el cine como narración y espectáculo.

El cine miente, sí, como un bellaco. Veinticuatro veces por segundo. Veinticinco, si rodamos en vídeo digital. O sea, que las nuevas tecnologías son aún más mentirosas. Desde la irrupción del hiperrealismo digital en los efectos especiales, ni te cuento.

Lo de Godard vale como frasecita ingeniosa, pero viniendo de un director bastante amigo de los zooms, eso es para darle una tercera bofetada. Pero esta vez con el anillo de sello bien puesto en el meñique. Porque darle la razón equivaldría a decir que Metrópolis no es cine. Que el Drácula de Tod Browning no es cine. Que Blade Runner no es cine. Que Ciudadano Kane, con todos sus trucos ópticos, no es cine. Que la mitad de la filmografía de Hitchcock (tan querido por sus compañeros de generación) no es cine. Que Blade Runner no es cine. Que Casablanca, rodada en Los Ángeles, y con una ratio de pifias e inexactitudes por metro cuadrado que haría reír a Dan Brown, no es cine.

¿Entonces, qué es cine para este palomo? Verán, amigos, cada cincuenta años más o menos, coincidiendo con algún avance técnico, salen un grupo de panolis que al grito de“”hemos inventado la sopa de ajo”, defienden a muerrrrrrrrte una mínima intervención del cineasta. Lo hizo Dziga Vertov en la Unión Soviética antes del sonoro con su Kinoglaz o “cine-ojo”, lo hicieron los franceses con el “cinema verité” en cuanto dispusieron de cámaras livianas y grabadoras de sonido portátiles Nagra, y lo hicieron una panda de nórdicos seriotes con el Dogma 95 (movimiento que ha dado obras tan espléndidas como Celebración, Italiano para principiantes o Rompiendo las olas, que es incluso anterior a las bases teóricas del mismo). Este último tiene la gracia de que lo impulsó Lars Von Trier, que fue luego el primero en saltárselo a la torera. No dejaba de mandar narices, lo del Dogma:

-Oye, se me ha ocurrido la forma de ser más libres creativamente.
-¿Sí? ¿Cómo?
-¡Imponiéndonos unas normas muy estrictas!
-Cielo santo, Ragnar; es sencillamente brillante
-Lo sé, Thorvald. Bésame.

Tócate los cojones.

A ver: en todos estos movimientos encontramos obras maestras, pero de ahí a pontificar con que“lo mío sí que es cine y lo demás es una caca de la vaca, pues mira, como que no. Porque el cine es y sigue siendo mentira. Y eso no es una opinión.

Tomemos, por ejemplo, uno de los cuadros más conocidos de René Magritte. El de la pipa; ahí lo tenéis. Aparentemente, nada raro. Una pipa marrón pintada de forma realista. Con su puntito naïf, quizá, pero nada más. Un momento. ¿Qué pone debajo? “Ceci n’est pas une pipe. En la lengua de Cervantes, “Esto no es una pipa”. ¿Entonces qué es? ¿De qué va esto? Igual es una cosa de ésas del Principito, de boas abiertas y cerradas. Pues no; no va la cosa por ahí.

Lo que estáis viendo no es una pipa, en efecto, sino el cuadro de una pipa. La representación de una pipa real. Es más: a no ser que os vayáis hasta el museo donde tienen el cuadro, lo que veis es una foto del cuadro de una pipa. Qué coño: miráis, en la pantalla de un ordenador, o del móvil, la interpretación en código binario de la foto de un cuadro que representa una pipa que a lo mejor no es ni real porque Magritte pintó de memoria. El nivel de abstracción va subiendo por momentos, ¿eh?

Pues ahí está la madre del cordero. Por muy realista que te pongas, siempre habrá, como mínimo, una selección de la realidad. Poner la cámara aquí ya excluye todo lo demás. Está manipulando, al decidir “esto sí, esto no”. Por definición, estarás mintiendo. La batalla está perdida: el cine no puede ser la realidad. Si hasta la simpática foquita de “El mundo del silencio”, el documental de Cousteau, era en realidad tres animales distintos que además fueron palmando debido a lo duro del rodaje.


Así que el cine es mentira, y que así sea por muchos años. El cine es la pipa de Magritte
La pipa. O no.

8 comentarios:

  1. Me recuerda a un episodio unos años atrás cuando mi novio en aquellos tiempos me llevo a ver Matrix en el cine. Al final de la película discutimos por que el me decía que, al igual que Thomas A. Anderson, preferiría saber la realidad de las cosas y vivir en esa verdad pero yo le llevaba la contraria al decir que si uno disfruta mejor viviendo en una mentira (el Matrix), para que conocer la realidad? Acabamos tan peleados por ello que al final rompimos poco después. Pos eso, si el cine es mentira, prefiero vivir en ella.

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    1. Creo que era el escritor de ciencia ficción Harlan Elison el que dijo "prefiero las mentiras que nos exaltan a cien mil verdades"... tengo el texto en un libro, lo buscaré. ¡Gracias por leer mis desvaríos!

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  2. Brillante, deseando de leer otra entrada!!
    Miri.

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  3. Un alegrón tenerle a usted por estos lares, amigo a.k.a. La Hiena... qué tiempos aquellos, ¿eh?

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  5. A mí, esa no-pipa o impipa, como me gusta llamarla, siempre me recordó, recuerda y recordará a las ilustraciones de Mi 3ª cartilla, esa morada que tenía un pera en la portada e ilustraba la sílaba RU con un ruso, RI con un rinoceronte masculinamente serio, y la mejor: NE.

    A veces pienso en esto. Sobre todo en esas tardes que paso solo en el salón. Simplemente sentado. A medida que la luz declina y no enciendo la lámpara, cuando está tan oscuro que la ropa del perchero de la entrada se difumina en la niña de The Ring, me doy cuenta que desperdiciado un día más y me río. Me río hasta que no ver nada.

    Gran entrada. Te animo a que hagas otra y a que me perdones por desvirtuar la presente.

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  6. Lo mejor de la Cartilla Palau eran dos cosas: que en la RU asumíamos que el señor con gorro de piel era un ruso con la mayor naturalidad del mundo, y que en XA, XE, XI, XO, XU, tiraban la toalla y solo ponían un xilófono, dejando el resto de casillas en blanco.

    Bueno, eso y lo de enseñarte a leer, claro.

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